Manolo
"Peluca", explica con un símil muy bueno lo que supone el
vuelo de ladera: una especie de surf sobre una gran ola gigante, de
aire, que nos permite deslizarnos "p'allá y p'acá", a
diestro y siniestro, siempre en el borde de la misma, permitiéndonos
bajar suavemente y volvernos a subir con tan sólo volver a la ladera.
Pero
la ola idónea no llegó hasta el sábado a pesar de que el viernes
estuviéramos ya en el sitio, siguiendo la previsión de Alfonso, Salva,
Víctor, Robert (que se había escapado del pub para ver si volábamos)
y yo. Esa misma noche, en la feria de Peñalsordo, mientras bebíamos
veneno, tuvimos una preparación a conciencia con los
"nuevos" conceptos y los distintos niveles de
conciencia-sufrimiento en que el cuerpo empieza a tomar las decisiones
con descaro a través de la mente, que se pliega a sus demandas con una
merma de razón, estados que hay que evitar cuando se vuela.
Después
de los churros del sábado por la mañana, nos fuimos, en el coche de la
empresa (no veas qué servicio da) disparados p'al despegue. Eran las
12:00 cuando los ciclos térmicos entraban con una suavidad que
permitían una salida sin problemas. Y salí, después de saber que
Robert ya venía de camino. Víctor y Salva, desde el despegue de arriba, seguían
la evolución de las trepadas y los hundimientos de mi vela. El estabilo
me llegó a saludar un par de veces sin tiempo a reacción.
Y
allí, girando y subiendo, frenando, acelerando y bajando de las
térmicas rotas, como si fuera con un coche por un barbecho, ví cómo Robert llegaba disparado y desplegaba el
trapo con decisión para planear y posarse como una palomita en el
antiguo basurero y cómo Carmelo (dinosaurio del vuelo en Extremadura,
según dijo Víctor por la radio) se ponía a mi lado con su Swing de
color rojo para volverse al aterrizaje después de buscar el cruzado de
su nueva silla sin éxito para evitar tanto meneo. Yo fui detrás, después de
que el cansancio unido al giro que me llevó a un +seis durante tan
sólo unos pocos segundos, me lo ordenara. Eran ya las dos de la tarde y
teníamos hambre. N'había manera; el viaje no
era posible.
La
fiesta vino a la tarde con una reunión de lo más esperado. Aunque nos
faltaban algunos pesos pesados, la reunión del despegue fue de lo mejor
desde hacía mucho tiempo: Paco Pico, Carmelo y su hermano Juan,
Víctor, Salva, Robert, Alfonso y Yo; el espectáculo que el comandante
Víctor nos preparó en el despegue, valió la pena. ¿Alguien le ha
visto alguna vez captar la atención de todos los presentes, que miran
con la boca abierta, sin pestañear, cuando habla del cuñado de la
peluquera ("so payaso") ó de la acción de las hormonas sobre
las neuronas?. Pa eso hay que
pagar. 
Mientras
llorábamos de risa, veíamos cómo Paco se peleaba con su orangután (un monazo de
vuelo que le dominaba desde el principio. ¿le veis en la foto?; lo
tiene a la espalda), en el despegue de arriba, hasta que
logró vencerlo y traérselo p'abajo, desde donde lo liberaría minutos
más tarde.
Parecía
que nadie se ponía nervioso hasta que, de pronto, después de medir, el
ánimo se empezó a caldear y el del mono se decidió el primero,
cuando las rachas empezaban a "ajormarse" abajo, de tal forma
que la mitad
iba subiendo al despegue de arriba para prepararse y asegurarse el
enganche, mientras la otra mitad de nosotros seguía saliendo desde abajo
con
rapidez para evitar pinchar: vino la segunda parte de
la fiesta y el verdadero rock'n roll.
To'l
mundo ya en el aire, comunicado por radio, soltaba alguna que otra broma, menos Carmelo que
estaba nervioso viendo la progresión de su hermano, que volaba con un
ladrillo antediluviano. Aunque bien es verdad que esa tarde, cualquiera hubiera volado con
un saco y un par de cuerdas. La perspectiva espacial estaba ahí,
azul y brillante. Estas fotos se parecen a las que echan en la NASA.
Desde
abajo, el comandante del castillo de Azuaga, dirigía el tráfico en la ladera,
mientras los cazadores batían el espacio buscando los pocos soplos
calentitos que quedaban y que te hacían subir hasta trescientos metros
sobre el despegue. Alfonso casi se duerme en la punta del Torozo cuando
Robert planeaba sobre su campo, con Cabeza del Buey al fondo.
Y Salva no salía del ascensor de piedra
porque "era la primera vez". Pero el que más disfrutó de
todos fue Paco, que se había librado del orangután en el despegue y flotaba
feliz, buscando cualquier cosa que le hiciera subir una miaja más. Yo
le avisaba "Paco...foto!!" y él nos regalaba un giro que
rápidamente grababa pa la posteridad.
Llegó
el final y los hombres-viento se fueron p'abajo como las balas, a un
aterrizaje concurrido y llenito de sonrisas. Ahí disfrutó to quisqui,
intercambiando impresiones, pero, sobre todo, Víctor, que fue el que
vió la cara de Paco después de que se quitara el casco. Lástima que
no tenga foto. Por n-ésima vez, Zarza Capilla volvía a funcionar, y si
no, que se lo digan a Salva cuando dijo que "nunca había volado
en ningún sitio como se vuela aquí". Ah, por si no lo
sabíais, Salva suele volar en Algodonales.
TerrAire.